Historia de los cinco minutos y cinco años

Nov 24 2010

Un señor estaba trabajando en su fábrica, cuando, súbitamente, una de las máquinas vitales para su línea de producción se detuvo. El señor, acostumbrado  que esto sucediera algunas veces, intentó ver si podía resolver el problema. Probó con la electricidad, revisando el aceite que utilizaba la máquina, y probó tratando de hacer arrancar el motor en forma manual. Nada. La máquina seguía sin funcionar.

El dueño empezó a transpirar. Necesitaba que la máquina funcionara. La línea de producción completa estaba detenida porque esta pieza del rompecabezas estaba roto.

Cuando ya se habían consumido varias horas y el resto de la fábrica estaba pendiente de lo que pasaba con la máquina, el dueño se decidió a llamar a un especialista. No podía perder más tiempo. Convocó a un ingeniero mecánico, experto en motores.

Se presentó una persona relativamente joven o, en todo caso, más joven que el dueño. El especialista miró la máquina un segundo, intentó hacerla arrancar y no pudo, escuchó un ruido que le indicó algo y abrió la “valijita” que había traído. Extrajo un destornillador, abrió una compuerta que no permitía ver al motor y se dirigió a un lugar preciso. Sabía dónde ir: ajustó un par de cosas e intentó nuevamente. Esta vez, el motor arrancó.

El dueño, mucho más tranquilo, respiró aliviado. No sólo la máquina sino que toda la fábrica estaban nuevamente en funcionamiento. Invitó al ingeniero a pasar a su oficina privada y le ofreció un café. Conversaron de diferentes temas pero siempre con la fábrica y su movimiento como tópico central. Hasta que
llegó el momento de pagar.

—¿Cuánto le debo? —preguntó el dueño.
—Me debe 1.500 dólares.
El hombre casi se desmaya.
—¿Cuánto me dijo? ¿1.500 dólares?
—Sí —contestó el joven sin inmutarse y repitió—, 1.500 dólares.
—Pero escúcheme—, casi le gritó el dueño—. ¿Cómo va a pretender que le pague 1.500 dólares por algo que le llevó cinco minutos?
—No, señor —siguió el joven–. Me llevó cinco minutos y cinco años de estudio*.


Adrián Paenza, extraido de Matemática… ¿Estas ahí? – Episodio 1. Siglo veintiuno editores.


*Un final alternativo es el siguiente:
—¿Cuánto me dijo? ¿1.500 dólares? Mándeme por favor una factura detallada.
El joven le manda una factura que dice:
“Costo del tornillo que se cambió: 1 dólar. Costo de saber qué tornillo cambiar: 1.499 dólares”.
… y el dueño pagó sin protestar más.


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